Saya de las Rosas para María Santísima de la Esperanza de Cuenca

A comienzos del año 2017 se estaba comenzando a gestar un interesante proyecto en el seno de la Hermandad conquense de María Santísima de la Esperanza. La nueva Junta de Gobierno, con su Mayordomo, José Manuel Calzada Valero, a la cabeza, quería comenzar un ambicioso programa de renovación patrimonial y estética en torno al ajuar de la Santísima Virgen, considerablemente limitado en cantidad de piezas, aunque con una de excepcional calidad como es el espectacular manto de salida bordado por Charo Bernardino y estrenado en el año 1998. Aunque el equipo dirigido por José Manuel, a quien me une una gran amistad desde hace años, tenía un diseño mío del año 2015, precisamente basado en el estilo del manto, se me solicitó que realizara uno completamente nuevo. Inmediatamente me puse a trabajar, entregando finalmente dos diseños, de los que éste es el primero que ha visto la luz.

La Saya de las rosas es una pieza que puede enmarcarse en ese estilo neobarroco, ya clásico dentro del mundo cofrade, que se ha dado en llamar juanmanuelino, es decir, que sigue la línea estética creada por el gran bordador y diseñador sevillano Juan Manuel Rodríguez Ojeda (1853-1930). Este estilo fue asumido, desarrollado y afianzado por los grandes talleres de bordado del siglo XX, como el que fundara el propio sobrino y seguidor de Juan Manuel, Guillermo Carrasquilla Rodríguez (1882-1956), y heredase José Guillermo Carrasquilla Perea (1922-2000), autor a quien probablemente se debe el diseño del manto de salida de María Santísima de la Esperanza, que también sigue dicha estética. En este sentido, la saya quiere armonizar con la que es, sin lugar a dudas, la obra textil más importante y sobresaliente dentro del ajuar de la Santísima Virgen, y una de las piezas de bordado más valiosas de la Semana Santa de Cuenca.

El diseño está estructurado, de un modo muy clásico dentro del estilo juanmanuelino, en torno a un eje central dominante que marca las dos mitades simétricas del trazado y se construye a modo de grutesco. Este eje está flanqueado por dos corredores laterales por los que discurren sinuosos motivos vegetales que enmarcan la composición central. Como rasgo distintivo de la pieza, el motivo central está enormemente desarrollado, y forma un amplio medallón que le da a la pieza una fuerte personalidad, así como una estructura clara, elegante y equilibrada.

La composición tiene dos zonas bien diferenciadas. En primer lugar, la cenefa inferior formada por una moldura de piñones mixtilíneos y pequeñas cés que se encadenan para formar un falso volante. Sobre él, armonizando con su trazado, se dispone una guirnalda de paños anudados en lazadas, en cuyas caídas se muestran carnosas rosas enmarcadas por hojas. En segundo lugar, el motivo principal, que se desarrolla verticalmente sobre esa cenefa inferior, y está dibujado como una profusa trama ornamental en la que los motivos vegetales son claramente predominantes. En la parte baja vemos un nudo de hojas de acanto que abraza el tallo central y los tallos laterales, manteniéndolos unidos entre sí. Éstos últimos surgen hacia los dos lados de la saya, a partir de dos molduras de piñones mixtilíneas, de modo que los tallos y zarcillos, salpicados de hojas de acanto y numerosos caracolillos, se van enroscando en sinuosas curvas y van escalando hacia la parte superior de la pieza, donde se terminan en hojas de acanto extendidas, muy típicas dentro del estilo juanmanuelino.

En el espacio que dejan los tallos laterales se dispone el motivo central, con una clásica jarra de la que brotan rosas y nacen tallos que se enroscan hacia los laterales y terminan en dos hojas con lazadas. Por encima, surgen tres pequeños tallos rectos que dan origen a dos rosas a medio abrir y una más, la central, que es una rosa de pasión completamente desplegada. Este motivo central está armoniosamente enmarcado y reforzado por un dibujo de corte arquitectónico, compuesto por tres molduras de piñones mixtilíneas. Esta forma de remarcar la composición central le otorga a ésta mucha fuerza, y subraya su protagonismo absoluto, frente al carácter más bien secundario de los tallos laterales. De ahí que ese motivo principal parezca un gran medallón barroco, de perfiles quebrados, que surge de entre la hojarasca y la carnosa vegetación circundantes.

Sin embargo, hay un motivo que está presente en todas las partes del dibujo, constituyendo el auténtico hilo conductor de la composición: las rosas. Éstas aparecen en las lazadas de la cenefa inferior, rematando muchos de los zarcillos de los tallos laterales, saliendo de la jarra central y naciendo de ella. Las vemos en diferentes etapas de su floración, desde el inicio de la misma, cuando parecen apretadas bellotas, hasta el esplendor de la floración plena, cuando los pétalos se despliegan y muestran la belleza de la flor. De ahí que se haya decidido bautizar a esta pieza como la Saya de las rosas.

La inclusión de esta flor tiene una motivación iconográfica concreta. Y es que la rosa es, desde la Edad Media, un destacado símbolo mariano repleto de significados y valores teológicos. Al considerársela como la reina de las flores, fue recurrentemente utilizada desde entonces para aludir a la Virgen María como Reina de los Cielos. En las Letanías Lauretanas, cuyo origen hay que situar también en el Medievo, una de los símbolos de María es la Rosa Mística. Y, de hecho, ya en el Cantar de los Cantares se usaba como metáfora del amor perfecto, que es el amor a Dios, y de los dones espirituales que éste otorga a quien se entrega decididamente a él; dones que son cómo la rosa, maravillosos y bellos frutos que surgen de entre las espinas.

Precisamente de este contraste entre la belleza de la flor y las espinas que la rodean surge el uso simbólico de la rosa que me resulta más interesante, por su estrecha relación con la advocación de María Santísima de la Esperanza. Se trata de la rosa como doble metáfora de la Encarnación y la Redención. Así, la flor que surge entre espinas es como Jesucristo, el bendito fruto del vientre de María, que nace perfecto entre el mal y el pecado. Que hace hermosa una planta que, sin esa flor, sería anodina y hostil. De la misma forma, de la penitencia y el sufrimiento del Señor durante su Pasión y Muerte, simbolizados por las espinas, surge, con la Resurrección, la Salvación, materializada en este caso en las rosas rojas, como gotas de Su divina sangre que florecen y se muestran repletas de vida.

El diseño original lo realicé en tinta negra sobre papel. Sobre éste se ha ejecutado una primera lectura, para que el Taller de Bordado de la Hermandad, que se creó en ese mismo año 2017, poco después de que comenzásemos a dar forma a la idea de esta nueva pieza para el ajuar de la Virgen de la Esperanza, pudiera realizar una primera versión de esta pieza en técnica mixta, con predominio de la técnica de recorte o aplicación y algunos detalles realizados ya con técnicas propias del realce, como la cartulina. La pieza, ejecutada sobre otomán de color marfil y reflejos dorados, fue estrenada durante la Solemne Función en honor a María Santísima de la Esperanza, el 18 de diciembre de 2018, y ha sido magníficamente acogida por los hermanos de la corporación y, en general, por los devotos de la Santísima Virgen. No obstante, se tiene el propósito de realizar una segunda interpretación, ya definitiva, que se plasme en un futuro lejano en una versión final de la pieza, ejecutada enteramente a realce, en hilos de oro y sedas de colores.