Estandarte Corporativo para la Hermandad del Silencio de Madrid

Dentro de la ambiciosa renovación del patrimonio de la hermandad que está impulsando la actual Junta de Gobierno de la Hermandad del Silencio y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fe, Nuestro Padre Jesús del Perdón y María Santísima de los Desamparados de Madrid, uno de los proyectos más importantes era la ejecución de un estandarte corporativo o “bacalao”, como popularmente se conoce a esta insignia, que recogiese el nuevo escudo de la corporación, aprobado en el año 2014. Y es que esta señera hermandad madrileña, auténtica impulsora de la reconstrucción de la Semana Santa capitalina durante la posguerra, ha pasado en las últimas dos décadas por una profunda transformación de la que fuera Hermandad de Cruzados de la Fe, que estaba atravesando una etapa de franca decadencia, y hoy es la Hermandad del Silencio: una humilde y moderna corporación que reverdece laureles y que, con mucho tesón, esfuerzo y valentía, está proyectándose con fuerza hacia el futuro. La idea era, por tanto, que este cambio quedase finalmente reflejado en la que es la insignia más importante de la corporación, pues se seguía manteniendo un estandarte corporativo propio de la etapa precedente, en el que figuraban tanto el título como el escudo anteriores a los actuales.

Dado que la Hermandad del Silencio es una hermandad pequeña, familiar y humilde, con unos recursos limitados que se reparten en muchos proyectos actualmente en fase de ejecución, la Junta de Gobierno optó por crear un taller de bordado propio de la corporación para poder realizar el “bacalao”. Dicho taller ha estado trabajando, a modo de experiencia piloto, durante todo el año 2017 en esta obra, que va a ser su primera pieza. Así, un reducido grupo de entusiastas hermanos ha ido introduciéndose en la técnica de recorte o aplicación, que es en la que se está ejecutando la insignia, y con no pocas dificultades ha ido completando el bordado de las numerosas piezas de que consta el estandarte. La pieza fue bendecida en la Función Principal de la corporación,  celebrada el 18 de marzo de 2018, y será estrenada durante esta Semana Santa en su primera fase, mostrando solamente el escudo sobre la cartela heráldica. Pasada la Pascua, se bordarán sobre él las piezas, que ya están terminadas fuera del bastidor.

El diseño, que realicé a finales del año 2016, presenta una ornamentación muy rica, que cubre casi la totalidad de la parte frontal de la insignia, disponiéndose en tres zonas bien diferenciadas: la parte central, ocupada por el escudo de la corporación dispuesto sobre una cartela; y las partes inferior y superior, ocupadas por motivos predominantemente vegetales. La cartela heráldica sobre la que figura el escudo es prácticamente idéntica a la del que fuera el escudo de la Villa de Madrid desde 1650 hasta 1859, en lo que es una referencia al pasado de la ciudad y, en este sentido, al papel que la Hermandad tuvo como transmisora de la tradición cofrade madrileña, rescatándola del pasado para traerla a la época actual, al ejercer como organizadora de los desfiles procesionales de la posguerra, en cuyo marco surgieron algunas de las corporaciones hoy icónicas de la Semana Santa matritense.

La ornamentación que figura encima y debajo de la cartela heráldica se plantea en ambas zonas como un grutesco a candelieri, es decir, estructurada en torno a un eje central que discurre verticalmente, del que parten los tallos, que luego se disponen de forma simétrica a ambos lados del mismo. Con esta composición de ecos platerescos quería dotar al estandarte de un gran equilibrio, así como de un aire clásico, distinguido y elegante. Sin embargo, los motivos ornamentales se alejan de este referente estético, por cuanto el plateresco es un estilo absolutamente testimonial dentro del patrimonio histórico y artístico de la ciudad, buscando más bien un estilo cercano al ya típico estilo juanmanuelino, que surge de la prolífica y fascinante producción del diseñador y bordador sevillano Juan Manuel Rodríguez Ojeda. No obstante, he intentado tamizar mucho ese estilo de raíces barrocas que desarrolló Juan Manuel, adaptándolo a una composición que aspira a ser grácil, sinuosa y esbelta; en la que las hojas de acanto, las flores y los roleos son menudos, para que sean los finos y serpenteantes tallos que se enroscan a ambos lados del eje central los que cobren protagonismo y den personalidad a la pieza.

Dentro de la composición vegetal he introducido ciertos elementos, muy sutiles, que tienen una función específica, ya sea simbólica o utilitaria. En primer lugar, hay dos lazadas, una en la zona superior y otra en la inferior, en cada una de las cuales quedan engarzadas tres flores. Estas lazadas son los únicos elementos que pasan de un lado al otro del eje central, y hacen referencia al vínculo fraternal que une a todos los miembros de la corporación, que son verdaderos hermanos dentro de ella. Nótese que en el resto de la composición, ambas mitades solamente quedan unidas por los nudetes y anillos que abrazan los tallos laterales al eje central, pero ninguno de estos elementos traspasa de una mitad a otra el dibujo, como si hacen los lazos, reforzándose así su carácter alegórico. En segundo lugar, las tres flores que hay en cada lazada, que hacen alusión a los dones o abundancias espirituales que los hermanos reciben mediante su vida en comunidad en el seno de la Hermandad, y cuyo número alude claramente al dogma trinitario. Finalmente, en el dibujo de la zona superior, engarzada en el eje central, se aprecia una cartela sobre la que figura el nombre popular y abreviado de la Hermandad y que, en este caso, tiene una finalidad puramente pragmática, como es la de dar a conocer la nomenclatura actual de la corporación al pueblo de Madrid, muchas veces poco informado en materia de hermandades y cofradías.

Para terminar, quiero dar las gracias a mi Hermandad del Silencio, una vez más, por su apoyo constante a mi labor como diseñador y proyectista de arte cofrade. En especial, me gustaría dar las gracias al Hermano Mayor de la corporación, José Manuel Morena Muñoz, no sólo por confiar en mi criterio y mi trabajo, sino también por capitanear un equipo y un proyecto de una enorme categoría, en el que la excelencia es siempre el objetivo, y en el que las dificultades económicas y de cualquier otra clase se suplen siempre con valentía, ilusión y determinación. Así se hacen las cosas y, por eso, este taller que nació como la locura de unos pocos va a dar sus frutos para una Hermandad que, sin duda, merece todo lo bueno que tiene y que tendrá. También he de transmitir mi más sentida gratitud hacia la Diputada de Mayordomía de la Hermandad, también vestidora de la imagen de María Santísima de los Desamparados, Sonia de la Cruz Regidor, por llevar magníficamente el timón de este taller, por su ímproba dedicación y, todo hay que decirlo, por haberse revelado como una fantástica bordadora.

Y, por supuesto, de forma muy singular, a todos los que han formado parte, de una u otra manera, de este pequeño equipo, que espero que vaya creciendo y asumiendo nuevos retos: Magdalena Regidor Albendea, Milagros Augusto Díaz, Rodrigo Sebastián Biscay Ruiz, Antonio Chacón López, Carlos León Asián, Pedro del Moral Chaparro, Antonia Sánchez Arango y Rocío del Moral Sánchez. Ellos son los verdaderos artífices de esta pieza, y de cuantas están por llegar. Sin ellos, el diseño sería solamente una rareza enmarcada y colgada de una pared. Sin saber a qué se iban a enfrentar han puesto tiempo de sus vidas, dedicación, esfuerzo y una buena dosis de paciencia, así como algo de sufrimiento, que espero hayan merecido y estén mereciendo la pena.